Padres, en el Siglo del Silicio

Todos nacemos puros, limpios, impolutos de los deseos que atrapan y endurecen nuestra alma a través del paso por este maravilloso tesoro al que llamamos vida.

El entorno, el sistema educativo, la familia y los amigos, los medios contaminados de comunicación y el excedente de estímulos insalubres en el que vivimos sumergidos la mayor parte de nuestra existencia nos convierte en algo parecido a un ser humano. Lejos de ese ser puro que éramos en los albores de nuestro nacimiento, de adultos podremos sobrellevar una vida más o menos satisfactoria con mucho esfuerzo y algo de ayuda de una dudosa azarosa suerte o fortuna. Nos miraremos al espejo a diario y sin embargo no sabremos quiénes somos. Cerraremos los ojos intentado imaginar una paz interna de la que siempre habremos oído hablar sin llegar a experimentarla. Desearemos querernos un poquito más y mejor para paliar los mortales efectos de una autoestima destruida por una sociedad de consumo competitiva y voraz. Y nos darán ganas de llorar al comprobar que apenas queda nada de ese lienzo limpio y moldeable que éramos en los albores de nuestro nacimiento…

Como adulto buscaremos caminos, adquiriremos parches de conocimiento, paliativos de curas para salir del paso intentado convencernos de que todo podría ser mejor de lo que es en realidad. Nos valdrá durante un tiempo, quizás uno muy largo, pero siempre tendremos que volver a visitar el kiosco de las curas humanas para volver a calmar un nuevo dolor escondido. Y seguiremos preguntándonos: ¿porqué no estamos en paz con nuestro paso por esta Tierra?

Quizás, si hiciésemos memoria y nos remontásemos a una infancia abandonada, hallaríamos las respuestas.

Los puros, los impolutos, los moldeables, los especialmente sensibles e increíbles seres pequeñitos de este planeta, puedan superarnos en todo ello y más. Tal vez sólo necesiten que los padres del  Siglo del Silicio limpien la brutalidad con la que ellos han sido educados y al depurarla puedan entonces, dar a sus hijos algo mejor que lo ellos tuvieron.

Con un poco de altura intelectual y un grado medio de la cultura perdida en la sociedad actual, puedan estos padres dejar de gritar a sus hijos como meros energúmenos; o puedan prestarles algo más que un aparente momento de falsa atención sin interés alguno por lo que sus hijos desean enseñarles.

A lo mejor, deban estos padres ultras modernos que leen best-sellers de pacotilla para padres inexpertos, abrir no sólo sus mentes caducas e inflexibles para estar a la altura de sus pequeños hijos. A lo mejor, deban abrir también sus corazones y vaciarlos de los vicios de esta sociedad profundamente enferma en la que estamos todos metidos.

Un niño es un ser sagrado en un mundo escandalosamente profano. No conocen la maldad, el egoísmo, el rencor, la ira, el resentimiento, la envidia, la competitividad o la ambición sin medidas. Desconocen las profundidades oscuras de los conflictos del ser humano adulto, no separan nunca la fantasía de la realidad porque para ellos no existe límite alguno.

¿Quién eres tú papá o mamá para quitarles a tus hijos toda su sacralidad? ¿Quiénes somos esta sociedad enferma para contrariarlos?

Llevamos siglos contándonos a nosotros mismos el cuento repetitivo de que queremos un mundo mejor, más sano, más libre, menos violento, ha llegado la hora de tomarnos la tarea en serio.

 

Paula Pencef Pérez

Autora de los Relatos de Nueva Conciencia para Niños Cristal

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